Vida criolla
Y embriagado de felicidad desbordante, se encaramó á su amada y mirándola fijamente en los ojos, la dijo con infantil ingenuidad y animado de ima audacia de que él mismo se asombraba después y que no era sino el resultado de los sabios consejos de su amigo:
— Y ahora, señorita, déme usted un beso…
Elena levantó con viveza el rostro. Desapareció la sonrisa de sus labios y un vivo rubor cubrió sus mejillas:
— ¡Eso sí que no!… ¡No faltaba más!… Si me has traído para eso, me voy! — repuso fingiendo gran seriedad; pero sus ojos reían.
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