Corral abierto
Tomó la curva, a poca velocidad. Pero ningún accidente lo alejaba de sus recuerdos. A cada momento, se le aparecía Isabel, su hermana. Y “el Cándido”, al que veía sonreír desde sus pobres huesos. “Habrá muerto zpensó—; no le quedaba sangre ni para enojarse”. Ahora, al evocarlo, lo veía sonreír y la cara se le presentó una máscara. Le había ganado la apuesta, la sucia batalla que sólo podían jugar ellos, los ociosos de Corral Abierto, bajo un cielo con nubes de lluvia, en una atmósfera capaz, de sacar a las víboras de sus cuevas, y a los lagartos que se deslizaban familiarmente sobre las piedras.
Obras de Enrique Amorim en MOREL
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