Flores de penitencia
Los solitarios, al verme pasar, hacían la señal de la cruz, figurándose que había perdido la razón. Mas, como nada calmara mis fuegos, cogí un áspid igual al que la reina Cleopatra se puso en el seno para morir, y lo apliqué iracundo contra mis miembros pecadores. Y el áspid mordióme por tres veces, sin causarme daño ninguno. En aquel instante una gran claridad iluminó mi espíritu, y una voz me dijo en las alturas: «Vuelve a tu celda, lucha, mortifícate; es para probarte por lo que he permitido que caigas en esta debilidad. Ten confianza en tu Dios,» Desde entonces el Espíritu Malo me ha dejado en paz y mis días y mi noches son tranquilas.
Obras de Enrique Gómez Carrillo en MOREL
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