Hojarasca
Es lo cierto que allí habitaba, lejos del mundanal bullicio, feliz y entregado a la contemplación. El hueco de un cedro le servía de albergue, algunas hojas secas de lecho. Si llegaba el hambre no faltaba un panal bien repleto de miel, abandonado por las abejas que se habían marchado a otra parte con sus bordoneos y su actividad febril; o si no, allí estaban las parras, doblegadas al peso de sus racimos monstruosos, como los de la tierra de promisión. Y así iban corriendo los meses y los años, dulces y tranquilos, verdaderamente paradisiacos.
Obras de Ricardo Fernández Guardia en MOREL
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