El libro del trópico
El cielo, de un azul de cobalto, intensísimo, resplandece a la hora meridiana. Ni la silueta de la más pequeña nube diséñase en la luminosa hondura de la atmósfera. Sin una arruga, sin un ligero pliegue, sin la menor empañadura, el cielo canicular se extiende limpio y radioso, como el metal repujado en el fondo de un formidable escudo. El sol, es como una rodela de hierro can- dente, clavada en el cenit. Crepita. Quema y ofusca. Bajo sus rayos, que caen perpendicularmente y corroen la tierra amodorrada y re- seca por la dilatada sequía, los follajes des- piden lustres de reciente barnizaje. Se siente la vida que germina, la vida que palpita, vehemente, bajo el bochorno, en esa tierra desflorada por e1 arado. En los surcos paralelos, la simiente va surgiendo en tiernos verdores que aterciopelan suntuosamente las planitudes infinitas de las llanuras, o las curvas gallardas de los altozanos y de los collados.
Obras de Arturo Ambrogui en MOREL
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